La nota que faltaba

 


Clara siempre había soñado con tocar el piano. Desde pequeña se detenía frente al viejo instrumento de la abuela como quien mira un lago profundo, lleno de reflejos y secretos. Al principio, deslizaba sus deditos por las teclas con una alegría desbordante, sin temor ni expectativa, como quien juega a inventar el mundo nota por nota. No buscaba ser perfecta, ni pensaba en equivocarse: solo tocaba, libre y feliz, como se hacen las cosas cuando aún nadie ha enseñado a temer el fracaso.

Pero con los años, la música dejó de parecer un juego. Comenzaron las comparaciones, las expectativas, las partituras llenas de símbolos que le parecían jeroglíficos. Y sobre todo, el miedo. El miedo a hacerlo mal, a desafinar, a no ser lo bastante buena.
Poco a poco, Clara dejó de tocar.

El piano, silencioso y paciente, quedó cerrado como un libro que nadie abría. Hasta que una tarde, mientras Clara leía junto a la ventana, escuchó una melodía imperfecta, sencilla… y alegre.
Era su hermana pequeña, Sofía, sentada en el taburete con los pies apenas tocando el suelo. Tocaba sin método, sin saber qué tecla venía después. Y sin embargo, sonreía.

Clara se quedó quieta, como si el tiempo se hubiera detenido en el aire. De pronto, recordó cómo era cuando no esperaba nada de sí misma, cuando solo jugaba con el sonido como quien persigue mariposas en un campo abierto.

Se acercó despacio, sin hacer ruido. Sofía levantó la vista y la miró con una dulzura sin juicio.
—¿Quieres tocar conmigo? —le preguntó.

Clara dudó. Luego se sentó a su lado. Sus dedos tocaron una tecla, luego otra. Sonaron un poco torpes, un poco tímidas… pero había algo más. Algo cálido. Algo que regresaba.

No era perfección. Era música.

Y esa tarde, Clara supo que su sueño nunca se había ido del todo. Solo había estado esperando la nota justa para volver a florecer.


Moraleja

A veces, para recordar lo que amamos, solo necesitamos ver a alguien que aún no ha aprendido a tener miedo.

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